jueves, 12 de enero de 2012

Some Came Running (Vincente Minnelli, 1958)



Como un torrente

Ficha Técnica:



Título original:

Some Came Running

Año:

1958

País:

Estados Unidos

Género:

Melodrama

Dirección:

Vicente Minnelli

Guión:

John Patrick & Arthur Sheekman (Novela: James Jones)

Duración:

136 min



Reparto:



Frank Sinatra, Dean Martin, Shirley MacLaine, Martha Hyer, Arthur Kennedy, Nancy Gates, Leora Dana



Datos del archivo:



Idioma:

Inglés con subs en español (srt)

Calidad:

BRRip

Resolución:

848x352

Formato:

MKV

Tamaño:

697 MB


Sinopsis:
Dave Hirsh, un escritor sin éxito y veterano de la Segunda Guerra Mundial, regresa tras muchos años a su ciudad natal, acompañado de una prostituta. Allí entablará relaciones con un jugador profesional alcohólico y con una chica de provincias. (FILMAFFINITY)



La ciudad aparece tras el azul. Como trenzada en ese estado de inocencia que ofrecen, en un principio, casi todas las pequeñas comunidades norteamericanas, sin tránsito entorpecido, y como si, repentinamente, descendiera desde el anfiteatro aherrojado de un desconocido puente que recogen las amplias cristaleras del ómnibus viajero. Magnificencia de un Cinemascope que se abre ante el espectador como un gigantesco estrado con fondo perpetuo. Y tras ese silencio apretado, en el que sólo se recoge la vigilancia retraída del chófer, prorrumpe, con súbita firmeza, el lamento contrito de la extraordinaria banda sonora compuesta por Elmer Bernstein, que parece penetrar en en encierro del vehículo como una sombra de desaliento, de decaimiento, recelosa de las murmuraciones que han quedado más allá del viaje. Un hombre (veterano de la II Guerra Mundial) y una mujer dormidos entre los asientos. Se vuelve el chófer: "¡Eh, soldado!... ¡Parkman! Me dijeron que le despertara cuando llegáramos a Parkman"... El soldado se despereza. Siente el desaliento que le reseca la boca, y una brusca conciencia de su cansancio. Y en seguida, ella, que despierta con ese ademán aturdido de la obediencia esperanzada, pero que se sacude con su propia exclamación de sorpresa, como una llamada de socorro a su intimidad relegada. Y que se alza como una desconocida, de escasa sutileza parlanchina, ante la frialdad aturdida del soldado. Hay algo en sus hechuras adocenadas, en las caderas opulentas, en los pechos trémulos, en su rostro pintarrajeado: vestido, olor, risas... que prestan cierta claridad a sus demostraciones afectuosas hacia el soldado, y que a éste le imponen la prudencia necesaria para rechazarla. He aquí el hombre que remonta el vuelo. Que arrepintiéndose del elocuente desenfreno a que lo llevara su borrachera nocturna, rehuye promesas. Que se muestra alternativamente irónico y amable, y que pone en manos de ella los "50 pavos" recompensadores del engaño. Y su adiós amistoso. Y he aquí la mujer, mundanal e infantil "doncellona" del noctambulismo, que se resigna, sabiéndose nuevamente rechazada. En la que no cabe la tonada lánguida de las enamoradas, y en cuyo rostro se entremezcla cierto aire de pena y de vaga satisfacción por la propina recibida.

Aunque con cierta involuntaria poesía, "Some came running" llega a las pantallas como predispuesta a señalar esa especie de status nascens que ofrenda cualquier concepción artística básicamente nueva. Y no es que este espléndido melodrama, en el que sus protagonistas, en efecto, parecen querer vivir vertiginosamente, ofrezca una proyección de la existencia humana que no arrastre cuantas resonancias novelescas constituyen nuestro temario social del día a día, como exponente de los conflictos, o las, por lo general, poco dignificables tragedias vivenciales del hombre. Y que nada tienen de desbordantes cataratas de fantasías, y sí mucho de cuantos "seriales" (en todos sus estilos), aún hoy, siguen electrizando a las masas. Y que, por desgracia, en gran manera, constituyen un deplorable testimonio moral de las épocas en las que a cada uno nos toca vivir, y de una casi monstruosa concepción de este mundo en el que habitamos desde hace milenios.

La base literaria

Puesta en circulación por la "mal llamada" literatura naturalista norteamericana, James Jones, autor de la novela, se embarcó esta vez con peores resultados que otras veces en su temperamento realista. "Some came running" no ofrenda, pues, más que la luz artificial de un esfuerzo literario poco gratificante. Jones, que siempre pareció perseguir ese lema genérico de "la vida tal como es", avanzó a trancas y barrancas entre el más auténtico de los reclamos folletinescos, convirtiendo sus obras en anquilosadas piezas de museo, cuya enfática expresividad no iba más allá de los consabidos dramas de alcoholismo y de guerra, o del poder del dinero y de las más trasnochadas frustraciones amorosas. Y que bien retribuidas por la óptica conservadora de una Norteamérica inamovible en la esencialidad de su legado mundial, y como anclada en su "vanidad de vanidades", resultó incapaz de propagar aplausos o suscitar imitaciones en Europa, como es el caso de James Jones, cuya utilización del lenguaje literario más convencional fue polo poco atractivo de públicos incapaces de compartir aquella expectación literaria que participara de cierto furor cultural en Estados Unidos (a la que habría que sumar cientos de autores, hoy olvidados, a no ser porque el cine vistiera y recompensara sus ropajes, de escasos vuelos intelectuales, con las más afamadas consignas del momento: "Nuestra literatura de hoy, respetable y públicamente reconocida -en USA- es el gran cine de mañana").

El manifiesto social va al cine

El tantas veces engorroso manejo de los "manifiestos" siempre parece atreverse a desafiar las negras miserias humanas. Y pese a lo aparotoso de las exclusividades que acostumbran a detentar entre las sociedades que, frente a otras, pretenden esgrimir derechos póstumos, acaban por dejarnos para ello "sus hijos y hasta sus nietos". Las proclamas quedan ahí, por tanto, ¡hasta las más polvorientas!, con sus grandezas y sus mezquindades, al servicio de los intereses testimoniales del tiempo, porque siempre supieron salpicarnos con sus explosiones o pactar cuando creímos poder obtener algún beneficio a través de ellas. Los títulos de nobleza, según las crónicas históricas, siempre han nacido de las confabulaciones palaciegas. Los artificios nigromantes de la intriga tienen su origen en la mentira. Y del cine (al que la eximia actriz teatral Sarah Bernhardt llamaba, menospreciándolo, "esas ridículas pantomimas fotografiadas") surgió la remisión de las conjuras, de los contubernios, porque la pantalla ofrece sus propios tratamientos de distinción. Y porque el celuloide "llegó" para transfigurar hasta la más banal de las fábulas como por efecto de magia.

El taumaturgo Vincente Minnelli: musical, comedia y drama.

El abuelo de Lester Anthony Minnelli (luego Vincente Minnelli) había sido un inmigrante siciliano. Su padre, Vincent Charles, y su madre, una canadiense francófona, Mina Mary Lalouette, formaron un grupo teatral, "The Minnelli Brothers' Tent Theater, que cruzó durante años el Medio Oeste de EE.UU. A pesar de todo el joven Lester (Chicago 1910-Los Ángeles 1986) cursó estudios en la Universidad de su ciudad de nacimiento. Hijo del mundo de la farándula, llegó a ser Director en el Radio City Music Hall de New York, y, hacia 1933, se especializó en musicales de Broadway. Arthur Freed lo introduce en Metro Goldwyn Mayer. El gran éxito de "Meet me in Sant Louis" con Judy Garland (su esposa) en 1944, le lanzan a alternar el gran show musical con inolvidables comedias: "Melodías de Broadway 1955", "Brigadoon" "El Pirata" "Mi desconfiada esposa" y "Gigi", que le conseguiría el Oscar en 1958. Pero los extraordinarios recursos expresivos del gran Minnelli llegarían a convertirle en uno de los más monumentales pilares del cine dramático norteamericano.

Decidido a cambiar de táctica y orientar sus películas hacia aquella vieja modalidad narrativa que comportara el límite temático de las emociones que suelen revolotear desde el romanticismo hasta la exasperación literaria del dramatismo en todas sus vertientes, el ya consagrado Minnelli sustituiría la esencia gráfico-melódica de sus innovadores "espectáculos cromáticos", explosiones del más formalista grisú que suponía la veta del género musical, y acabaría lanzándose obsesivamente por entre bombas de relojería hacia las metas estremecedoras que suponían los estallidos excitantes de la aventura melodramática. Desde las realidades de aspecto más folletinesco arrancadas de novelas (algunas de dudosa factura artística) hasta obras teatrales de gran renombre en Broadway, Minnelli fusionaría su propia concertación colorista a cuantas adaptaciones fílmicas se entregó Y si el espectador asistía boquiabierto a la esplendidez imaginativa de sus impecables espectáculos musicales, sus nuevos proyectos, más racionales, de nuevas dimensiones psicológicas, que polarizarían su producción hacia las ideas motrices del drama, exigiendo del público una mayor colaboración intelectual, así como una más exaltadora participación emotiva, reafirmarían en él un flamante lenguaje: "Es la calidad la que ha de seguir a la mercancía". (Muy contrario al que encareciera el sátrapa Hays -basándose en la supuestamente maltratada moral norteamericana- "Es la mercancía la que sigue al film".

El salto cualitativo de Minnelli, que le convertiría en mito (se llegó a crear un ritual ejemplar, arquetípico, alrededor de su estilo -hasta el color: "el afamado rojo Minnelli", gran pilar de la idea como artista-), tantearía los centros nerviosos del espectador frente a un rosetón de amplia repercusión cromática, a través del cual sus personajes dejarían de ser símbolos abstractos o ideas materializadas por las coreografías musicales en que se desarrollaran con anterioridad, y pasarían a transformarse, por fin, en seres de carne y hueso, agitados por pasiones y sentimientos mucho más auténticos. Pero en él se tradujo también el principio mágico de la transferencia que mueve todos los resortes del arte. Su gran drama romántico (por primera vez adapta a un genio de la novelística mundial, el perfeccionista Gustave Flaubert) "Madame Bovary", 1949, o el gran elemento innovador que supone realizar un proyecto donde se muestra, también por primera vez, las miserias de la propia industria cinematográfica, "The bad and the Beautiful" ("Cautivos del mal"), 1952, fueron rodados en blanco y negro. "Tea and Sympathy" ("Te y simpatía"), "The cobweb" ("La tela de araña"), 1955, "Lust for Life" ("El loco de pelo rojo"), 1956, "Some came running" ("Como un torrente"), 1959, fueron destacables monumentos que, como piezas dramáticas en función de la polvareda polémica, admirativa o detractora que suscitaron, tuvieron, por lo menos, la virtud de instituir una magnífica, majestuosa y cromática obra narrativa en movimiento, un progreso descriptivo capaz de rebasar con mucho los híbridos recodos del cine-teatro, de producir en nuestra retina un choque óptico de indescriptible colorido entre geniales tomas de vista en movimiento, y desde toda clase de ángulos. Ejemplos preclaros de la perspicaz intuición interna con que Minnelli trató de bucear en el esplendoroso campo que mueven las motivaciones íntimas de los sentimientos dramáticos, y que a veces pueden antojársenos simplemente desmesurados, los hallamos en el asesino de "Some came running", cuya amenazante figura se destaca en negro sobre el fondo rojo de las luces de la feria, que no cesan de girar, mientras los personajes van pasando del registro emocional a otro registro visual. En la fusión, admirativa en extremo, del concepto pictórico de Minnelli con la mentalidad demencial del propio pintor holandés Vincent Van Gogh, en "Lust for life". Y en las agudizadas o maniáticas incidencias particulares de cada protagonista, en "The cobweb" o "Tea and Simpathy", orquestadas entre acciones alternativas, con perspectivas visuales muy diversas, como estampas fotografiadas en primer plano, mientras la cámara describe un movimiento vertiginoso, enloquecido, vengativo en sus intérpretes: una Gloria Grahame enfebrecida que condiciona su desengaño matrimonial a una especie de automatismo psíquico que la impele grotescamente a colocar a escondidas unas recargadas y odiosas cortinas en la sala de un manicomio que dirige su marido, Richard Widmark; John Kerr que se reafirma entre gritos, completamente desquiciado, en la sinrazón de su supuesta falta de virilidad, atormentado por la atmósfera tendenciosa, frívola, y subjetivista que le crean las carcajadas de una prostituta. Vincente Minnelli rodaría su última película, "Nina", en 1976.

Al temperamento lírico de sus obras, se le unió una inquietud experimental que en él halló una de las formulaciones más ágiles y maduras frente a la angulación y otros estéticos recursos técnicos que propugnara el revolucionario formato de los años 50: EL

El drama en busca del genio

"Como un torrente" promueve uno de esos cataclismos humanos cuyos estigmas melodramáticos pueden afectar cualquier faceta de la vida con ese fuego lento y laborioso que conlleva la incomprensión, la hipocresía, la ambición, las pasiones, confesas o inconfesas, y hasta las pasadas ofensas. Todos formamos parte de esa feria que Minnelli convierte en el seno de un torbellino expresionista inolvidable, capaz de convertir lo privado en público. "Y conste que (como indicó en su momento algún entusiasta comentarista del film) no se trata (en la película) de una feria cualquiera: es la celebración del "Centenario del Pueblo". Un pueblo que se aplaude a sí mismo, y que, por debajo, encubre mentiras, engaños, aventuras, celos, pasiones descontroladas, y violencias urbanas de todo tipo". Así el fariseísmo de todo el pueblo recibirá su justo castigo a través de la atmósfera opresiva que crea la visión del director. The New York Times exclamó: "Es de locos, ... un tipo con una pistola, hay gente que va a morir, y una atmósfera de luces de feria entre norias enloquecidas que no cesan de girar. Parece un musical"... Pero al mismo tiempo Minnelli nos advierte que vamos por el camino equivocado, aunque se halle implícita la idea de que los hombres maduran al percatarse de lo que añoran, de las mujeres que les arrebatan. Y que, a pesar de los altibajos y debilidades humanas, la vida sigue. Nos queda, por lo menos, la esperanza de que la existencia pueda mejorar y de que no volverá al caos que acaba de dejar atrás.

Secuencia

... Llega Dave (Frank Sinatra). Ginny (Shirley MacLaine), en el porche, lo espera sentada en una mecedora con una sonrisa bobalicona. En sus manos se halla la revista en la que se ha publicado un escrito de Dave. "¿Qué haces aquí?... Te estaba esperando... ¿Por qué?... ¿Has visto la revista con tu historia? La venden en drugstore de abajo... Iré y te compraré una... ¡No puedes! (risita de Ginny) Las he comprado todas. Me he quedado con una. (satisfecha y haciendo mohines ) Todo el mundo se ha pasado el día felicitándome... ¿Si? ¿Por qué?... Porque soy amiga tuya. ¡Dios, todas las chicas de la fábrica me han estado felicitando (se balancea) Me he pasado el día firmando autógrafos... ¿Que has hecho qué? (no da crédito a sus oídos Dave)... Firmar autógrafos. ¡Sí! (Ginny se levanta con la revista en la mano) Escribo: "espero que te guste", y pongo mi nombre. Buena publicidad ¿no crees?... (Dave enfurecido) ¡Métetelo en la cabeza! Nadie firma autógrafos por una historia que ha escrito otra persona... (Ginny asombrada) ¡Si que firmas el libro que envías a alguien por Navidad!... Mira, estúpida, no tienes nada que ver con la redacción de esta historia... ¡Soy tu novia!... Eso es algo que también espero aclarar contigo. No eres mi novia. Te he invitado a copas, nos hemos reído, te he sacado por ahí, ... ¡pero no eres mi novia! (rostro contrito de Ginny) Todo el mundo cree que sí... ¡No me importa lo que piensen. No tienes el cerebro ni la voluntad de sentarte a leer esta historia... No puedes hablarme así... No puedo, ¿eh? Eres tan tonta que te pasarías el día bajo la lluvia, a no ser que alguien te cogiera de la mano y te pusiese a cobijo. Y eso es porque te irías con cualquiera... ¡Dave! (gesto de dolor en Ginny) ¡Oh, Dave!, no deberías haberme hablado así... Olvídalo... (Ginny se queda destrozada en el porche) Bellísimo comento musical de Elmer Bernstein. Dave la mira a través del ventanal: ¡Mujeres! ¿Qué crees que estás haciendo ahí fuera?... Nada, estar sentada... No seas ridícula, entra... (Ginny obedece con tristeza ) Pasa adentro, vale... No tenías derecho a hablarme así, Dave. Soy un ser humano y tengo los mismos derechos y sentimientos que cualquiera... ¡Vale!, eres un ser humano... Sólo porque esa profesora no te quiera no te da derecho a pagarlo conmigo... Olvídalo, por favor, ¿quieres, Ginny? (ella se queda de pie en la entrada) Todavía la quieres, ¿no?... ¡No, no la quiero!... ¡Sí la quieres! Se te nota... Mira, no quiero a nadie... (el comento musical in crescendo. Ginny se lanza llorosa hacia Dave. La música alcanza su clímax) ¡Dave, quiéreme a mí! ¡Te quiero tanto! No he conocido a nadie como tú en toda mi vida. Te quiero de una forma insoportable!... No llores, Ginny. Siento haberte hecho daño. Perdóname. No era mi intención. Lo siento mucho... Sabes que haría cualquier cosa por ti, Dave. Cualquier cosa, pídemelo... ¿Querrías... limpiar esto por mí? (refiriéndose al cuartucho. El rostro de Ginny se ilumina de felicidad ) ¿Puedo?... ¡Claro! Seguro, me encantaría... ¡Te diré lo que haré! (mientras sigue la música y Ginny recoge las cosas gozosamente ) Vendré todos los días antes de ir a trabajar. Sólo llámame. Pero tienes que recordar que soy un ser humano (Dave se ríe) Lo tendré en mente..."

Prestigio definitivo: tres intérpretes frente a la masa coral

Shirley Mac Laine (24 de abril 1934). Su primer sueño fue ser bailarina. Perder el bus de la clase de ballet fue su más recurrente pesadilla durante la infancia. Interpretando al hada madrina de "Cenicienta", y mientras se calentaba entre bastidores, se rompió un tobillo. Se ató fuertemente los lazos de sus zapatillas, y bailó hasta el fin del espectáculo. Tras la representación, llamó a la ambulancia. Pecosa, jamás fue una belleza de las llamadas exquisitas. Centrada en el teatro, suplió a Carol Haney, por casual "rotura de tobillo", en "The Pajama Game". Contratada por Paramount films, intervino en "Pero... ¿quién mató a Harry? de Alfred Hitchcock, su film inicial, en 1955. "Somme came running" fue la primera de sus cinco nominaciones a los Oscar de Hollywood, que conseguiría, finalmente, por "Terms of Endearment" ("La fuerza del cariño"), en 1983.

Shirley Mac Laine no escatimó ningún registro interpretativo en su recreación de Ginny Moorehead. Es más, fue capaz de crear un look tan kitch, una de las ostentaciones más carismásticas y admirables, jamás recogidas por el ojo avizor de la cámara, de la vulgaridad (en su faceta más entrañable), que de inmediato se vió catapultada hacia el premio de la Academia. Su desenfreno antiestético no delimita ni ridiculiza la clave dramática en que el personaje se ve inmerso. Su huida junto al hombre que ama posee todos los insertos de la mejor comedia americana. Pero la mirada de Ginny, siempre escrutadora, esperanzada a través de su imposible itinerario sentimental, posee una de las más brillantísimas facturas jamás recreadas en clave dramática. Shirley Mac Laine supo recoger, con penetrantes observaciones psicológicas, ese canto idealista, no menos absurdo ni menos realista (y con que Minnelli trató de retratar, a través de tan estético refinamiento como en el que él basaba su más elemental visión del melodrama) de un realismo americano, basado esta vez en la sórdida historia de una prostituta simplona y gran amante, mil veces abandonada, y finalmente rehabilitada, a la que la Mac Laine ofrecería una de las más inolvidables e irrepetibles connotaciones de la inspiración interpretativa. (Minnelli no obviaría jamás que merced a la atormentada distorsión del drama con que la alter ego de la imponente Mac Laine persigue la finalidad tantas veces sarcástica del amor, el film se desligaría, hasta cierto punto, de esas exigencias comerciales impuestas por el "final feliz").

Entre las sordideces que ofrece este gran aguafuerte Minnelliano, dos personajes de excepción imprimen un apetecible e igualmente inolvidable sello personal a sus interpretaciones: Arthur Kennedy, actor extraordinario capaz de provocar rivalidades artísticas incuestionables con cualquier estrella de cabecera con las que compartiera muchas de sus películas, y una fugazmente rescatada secundaria Nancy Gates, que, como digno remate a su poco destacada carrera, ofrecería, al mismo tiempo que lo que se dió en llamar cierto "etéreo misticismo erótico" inomitible, una de las más bellas y reveladoras alusiones visuales de la pasión que se reflejan en este melodrama inconmensurable, primordial y eterno.

Frank Sinatra "la Voz" y Dean Martín, los dos principales componentes del archifamoso Rat Pack de Las Vegas, únicamente formaron parte de la complicada maquinaria industrial de Hollywood, en la que encajaron mal y dejaron testimonios interpretativos excesivamente endebles en su narrativa cinematográfica.

"Sinatra se resistió a ser la víctima propiciatoria de la escena final del film. Insistió en que la única mártir posible (protectora de Dave) debía ser la simplona y tierna Ginny. Al delegar en mí dicho rol, lo que hizo fue regalarme la película" (Shirley MacLaine)

¡¡Un misterio de gozo Minnelliano!! Un impacto vertiginoso de bala que nos sumerge en la farándula luminosa de la noche americana. (http://kentauro.blogspot.com)


Enlaces de descarga (Contraseña: HmB79):

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