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sábado, 14 de enero de 2012

Ôdishon (Takashi Miike, 1999)




Audition

Ficha Técnica:



Título original:

Ôdishon

Año:

1999

País:

Japón

Género:

Terror. Drama.

Dirección:

Takashi Miike

Guión:

Daisuke Tengan (Novela: Ryu Murakami)

Duración:

115 min



Reparto:



Ryo Ishibashi, Eihi Shiina, Tetsu Sawaki, Jun Kunimura



Datos del archivo:



Idioma:

Japones con subs en español e inglés (srt)

Calidad:

BRRip

Resolución:

1280x682

Formato:

MP4

Tamaño:

982 MB


Sinopsis:
Un cuarentón viudo, a propuesta de un amigo, convoca un casting para una inexistente película con la intención de encontrar una nueva esposa, pero se embarcará en una relación donde las torturas y el dolor físico formarán parte de su vida. Inclasificable propuesta que obtuvo el reconocimiento de la crítica, que la calificó de sorprendente y original. Su éxito se enmarca en una sorprendente oleada de films de terror oriental con interesantes ideas y excelentes resultados internacionales. (FILMAFFINITY)



¿Qué es lo horrendo en Odishon (Takashi Miike, 1999)? ¿Acaso su apariencia más bien banal, rota de improviso por un final gore, o la exposición de la ambigüedad oculta en el camino de aquel que persigue la felicidad incluso a costa de la dignidad ajena?

Odishon parece un tierno relato familiar, acerca de una familia rota por la muerte de la figura maternal; siete años más tarde, el único hijo varón ya crecido y el padre sumergido en el trabajo, éste último siente al necesidad de compañía. Recurre entonces a un conocido de la industria cinematográfica, quien le propone asistir a una audición cuyo propósito es sobre todo ofrecer a Aoyama la posibilidad de encontrar pretendiente. Pero Aoyama desea a alguien sereno y con buena autoestima, que posea alguna cualidad creativa, acaso dotes artísticas, las cuales garanticen a su consorte ideal un carácter estable y dócil. Este periodo de la trama está salpicado de comentarios alrededor de la soledad del individuo japonés: “Todo Japón está solo”, concluye el amigo, tras mostrar a Aoyama imágenes de fanáticos haciendo atrocidades en un concierto multitudinario: “La gente se comporta así a causa de la infelicidad.”

La soledad aparece aquí como problema cultural, al igual que la sexualidad, entendida como demanda social. El hijo explica a Aoyama que el besugo, cuando alcanza los 15 centímetros, se vuelve unisex después de haber nacido macho; en lo adelante, algunos acaban hembras. Como si de un proceso de selección natural se tratase, en el cual unos especímenes tienes menos posibilidades de sobrevivir a causa de su sexo, un programa radial transmite “La heroína de mañana”, en el cual se invita a las mujeres a sacar la heroína que llevan dentro para hacerse notar socialmente.

Ante semejante pasarela desfilan las aspirantes al papel de cine. Aoyama descubre que Asami, quien le atrajera desde que leyó en su boleta una singular reflexión alrededor del sentido de la vida, le interesa poderosamente. Salen. Él no quiere ser tomado por un aprovechado. Ella la agradece por escucharla y alabar sus atributos. Quedan en llamarse. El amigo productor indica a Aoyama que se refrene, que no pierda el control sobre sus emociones. Que no la llame primero.

Pero en torno a Aoyama hay otras mujeres: una secretaria que se le insinúa, con la cual alguna vez tuvo un affaire, pero a la que no hace el menor caso; una criada, quien asegura: “Los hombres no pueden sostenerse sin apoyo femenino”. Pero Aoyama lucha contra su pasión desbordada. Sola en una habitación desvencijada, frente a un saco abultado y un teléfono solitario, Asami espera la llamada. Pasan los días y su sufrimiento es visible. Finalmente, él no soporta más y la llama. Comparten un hotel el fin de semana y ella toma la iniciativa; se desnuda y le muestra las cicatrices en los muslos que acabaron con su sueño de ser bailarina (antes le aseguró que había aprendido a lidiar con el dolor): “Por favor, ámame –le pide. Solo a mí.” “Comprendo”, responde Aoyama. “Todos dicen eso. Espero que seas diferente de los demás.”

Y cuánto... Al despertar, Aoyama está solo. Asami desaparece y en lo adelante la obsesión del hombre será organizar los pocos rastros que ha dejado con tal de reencontrarla. Pero la vida de la muchacha pertenece al mundo fantasmal. Poco a poco, Aoyama descubre un pasado terrible, donde un padrastro pederasta y unos tíos abusadores hicieron de su infancia un calvario de torturas, hasta el punto de marcar con fuego sus muslos y hacer marchitar su inocencia. Pero aún con tales adelantos, no podemos suponer que la irrupción de lo fantástico será tan abrupta: tras beber un sorbo de una botella que una mano anónima ha contaminado, Aoyama cae en un trance de pesadilla que lo conduce a un desfile de las mujeres de su vida: la secretaria usada y rechazada; la criada; su difunta esposa; la novia de su hijo... Ante todas, Aoyama se comporta de manera posesiva, como un eje en torno al cual giran las vidas y deseos de aquellas. Es como si su bajos instintos de posesión se liberacen en una ceremonia onírica.

Al despertar, Asami aparece indiferente y ataviada de manera semejante a una enfermera; lo inmoviliza y somete a una sesión de tortura inimaginable: “Solo puedes comprender la clase de hombre que eres cuando sientes dolor, cuando tienes una experiencia agónica.” He aquí la mujer no consumible, la vengativa imagen de la demonio dispuesta a devolver dolor con dolor: “Ustedes reúnen mujeres en audiciones, las hacen fallar y luego tiene sexo con ellas.” La espera ante el teléfono, la inseguridad de no ser aceptada en cada salida, cada palabra o frase juntos: ¿acaso Aoyama no ha sido, pese a su buena voluntad y cariño, otro de los torturadores de esta mujer, uno más que la ha utilizado y manipulado a su antojo, idealizando su imagen de “mujer ideal” para sus aspiraciones supuestamente no egoístas? El reverso de la entrega sincera aparece aquí cuan terrible puede ser.


Pero la ambigüedad terrible del otro es también la posibilidad del milagro: Aoyama se despierta en la cama del hotel de fin de semana. Asami lo abraza, exhausta y feliz: “Es como un sueño. Soy tan feliz (se está refiriendo a la petición de matrimonio del hombre). Apliqué a la audición y soy la de más suerte. Porque no fui la heroína de la película, pero sí la heroína real.” Pero Aoyama no la escucha con delectación; la culpa ha hecho su trabajo y es terror lo que su cuerpo en tensión arroja. Más que la paranoia del hombre amenazado y engañado en su pasión desenfrenada, caído en las garras de una sicópata que ofrece entrega total, o el comentario a un trauma cultural de Japón y la mujer como amenaza, ve el resultado de su trabajo culposo. Y su reverso está ahí, otra vez en la forma de esta chica angelical que le secciona ambos pies y cuyo destino acaso sea como el del otro guiñapo de hombre que antes vimos emerger del abultado saco de su habitación, a quien tiene preso, privado de pies, dedos y lengua, y al que alimenta con su propio vómito.

Ruth Goldberg vio en Odishon, así como en otras películas responsables del detonar reciente del J-Horror, o nuevo horror japonés, la “poderosa puesta al día de un tropo previamente establecido: el de la pesadilla de la pasión romántica. Observando el reciente éxito del cine japonés de horror y el poder que tiene para llevar a las audiencias a experimentar reacciones extremadamente viscerales, es imposible evitar una mirada cuidadosa a este tropo y a la fusión de sexo y muerte que da a muchas de estas películas su carácter único y particular.”

Goldberg cita a Jack Hunter, quien en su libro Eros in Hell: Sex, Blood and Madness in Japanese Cinema, sugiere que “una tendencia de la cinematografía japonesa es presentar una visión del sexo como suerte de infierno en la tierra” (Hunter 3). Pero, afirma ella, “Más allá, o tal vez detrás, de semejante aseveración, hay todo un conjunto de extensas ideas enraizadas en el contexto cultural japonés y únicamente propias de él. Uno puede argumentar que en el horror fílmico japonés, con frecuencia no es el acto sexual mismo lo que se encuentra en el centro del horror, sino que más bien los conceptos de pasión y unión romántica son representados como monstruosos en sí mismos. (...) Cada una de estas películas a su manera subraya el precio de la pasión, una visión del deseo romántico como causa de pérdida y sufrimiento. De esta manera, las películas reflejan las enseñanzas zen acerca del reconocimiento de la naturaleza del deseo como un anhelo patológico; la avidez y apego a las experiencias de los sentidos que nos lanza a un sufrimiento tan largo como el tiempo que permanezcamos ignorantes de su verdadera naturaleza.”

Lo que Goldberg considera como “fantasías masculinas acerca de las mujeres” está tratado en Odishon desde una perspectiva crítica que no hace sino reforzar el contencioso que sostiene Miike con estructuras culturales japonesas, las cuales tendrían su momento más extremo en Visitor Q, donde la mismísima familia es puesta en cuestión, al subrayar las violencias y los modelos sexistas de explotación que operan sobre las mujeres así como los de culpa y castigo que esperan a los hombres. Como ha dicho Miike, “era mi intención ser franco acerca de asuntos del sexo y la sexualidad y es en esta arena que la película puede ser considerada provocativa. (...) Para mí, Odishon no es horror. Al menos, no hay monstruo, no es sobrenatural. Es una historia acerca de una chica que solo ha tenido emociones extrañas, así que no es imposible entenderla. Solo quiere permanecer con la persona que ama. No comete un gran crimen, solo le corta los pies al tipo. Pero cuando leí la novela, me asusté de verdad, pues la percibí tan realista. Entre los dos personajes no hay conflicto. Se conocen brevemente durante la audición, pero son esos pequeños incidentes los que pueden cambiar completamente la vida de una persona. (...) Disfruto poner esta clase de cosas en las películas. (...) En las películas de horror, pensamos que el elemento horroroso es una cosa especial que no existe en la vida real, y por eso podemos disfrutarlas. Pero hay cosas terribles también en la vida y son producidas por seres humanos. Todos tienen esas cosas dentro de sí.”

Es curioso escuchar a Miike alabar el trabajo de la actriz que encarna a Asami (Eihi Shiina), porque a la hora de rodar la escena de tortura y desmembramiento, sobre su rostro angelical y hermoso aparece una sonrisa tierna. ¿Qué hace tan ambiguos a los cuerpos cuyas apariencias no bastan para definirlos? ¿No radica el horror esencial justamente en lo que esa apariencia esconde? Y un cuerpo diseñado para dar placer, obligado a responder satisfactoriamente a las demandas e idealizaciones que de él hace su contraparte erótica, ¿no es un cuerpo potencialmente delictivo, una amenaza total y más letal debido a su oculta criminalidad? La tarea de aquel que demanda y exige ciertos atributos a cambio de su entrega, ¿no indica el origen del delito y el advenimiento del castigo para la culpa consiguiente? (Dean Luis Reyes, http://www.eictv.co.cu/miradas/index.php?option=com_content&task=view&id=550&Itemid=93)



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